Archivo mensual: marzo 2013

No es mi jefe pero…

.. Podría serlo. De hecho, creo que yo sería muy feliz trabajando con y para él. Además se ha convertido en amigo tras tantos años de colaboración. Por este motivo y porque no podemos ahora mismo trabajar juntos, ante su tanteo le he confirmado que no es el momento. No quiero hacerle ninguna jugada, y probablemente la apuesta nos saldría demasiado cara a los dos. Yo no lo permitiría, básicamente no me lo perdonaría.

Él insistió en que necesita gente con mi perfil, cualificada profesional y a nivel emocional para su equipo. Y yo, francamente… Yo me muero de ganas de trabajar con él. Pero nuestra relación empresarial ahora no lo permitiría de ninguna manera y mis proyectos personales están lejos de ir en esta dirección.

Pero lo cierto es que ha abierto una caja de Pandora que lleva tres días soltando gritos y gritos de que llevo toda la vida luchando, formándome, aguantando para un puesto de trabajo como el que me ha ofrecido. Al decirle que en este momento yo no soy rentable, me contestó que valora la profesionalidad, no la rentabilidad. Es un jefe que cuida mucho a su gente, se ha llevado de empresa a empresa a varios componentes de su equipo para llevar los temas más importantes. Eso es creer en un equipo.

Llevo cinco años trabajando con él, pero hasta hace uno y medio no hemos trabajado codo con codo con su equipo. Y hemos trabajado genial, se disfruta mucho estando del lado de cliente si lo tienes al otro lado del teléfono. Es una auténtico privilegio, me siento muy afortunada.

Y sigo sorprendida que alguien de ese nivel me vea lo suficientemente profesional a la altura de valer para su equipo. Y soy afortunada porque tengo trabajo y el otro día me tantearon para otro, no sólo eso sino que además, ofreciéndome ayuda para encontrar otra cosa si me encuentro estancada en mi trabajo y deseo cambiar. No es mi jefe, pero nos tenemos mucho aprecio.

… No es mi jefe, pero me haría la persona más feliz del mundo si lo fuera.

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Lluvia de finales de marzo

Han pasado algunos días de lluvia y el invierno pega sus últimos coletazos. Voy en el metro y entre parada y parada hay un abuelo que se mira el paraguas, negro, de tela, de los de antes, de los largos que no se recogen, y la punta está un poco gastada.

El paraguas parece viejo, pero conserva el tipo. Y es que ya no hacen las cosas como antes. En los últimos dos años yo he comprado tres paraguas, y creedme que aquí no llueve demasiado, pero me los he cargado los tres. Me dio qué pensar el abuelo intentando arreglar la punta del paraguas, porque sí, en ese caso, sí valía la pena arreglarlo. Y es que ya no hacen las cosas como antes.

Mientras tanto, en edificios de hormigón y cristal, sigue la oleada de turbulencias laborales, para el que se va porque se queda sin trabajo y para el que se queda porque asumirá más carga, tendrá más horas de trabajo y menos sueldo. No parece que tenga fin esta espiral de crisis hasta que los poderes ejecutivo, legislativo y judicial no tomen medidas en serio por cambiar el devenir de las cosas. Por mi parte entre ordenadores y teléfonos, asumo todavía más carga, e intento tener ilusión para luchar y seguir adelante, aunque a veces el cansancio pasa factura.

Y llueve, preparando la primavera, los colores, los olores (las alergias también) y la luz. El invierno se va, aunque parece que se resiste a marchar. Llueve. A ver si llueve tan fuerte que se lleva la tristeza, el gris, el egoísmo, el estrés, y el sufrimiento, y empezamos a dar paso al positivismo, a seguir luchando por un mundo mejor y más justo, con dignidad, con alegría y con solidaridad. Ojalá venga una lluvia que se lleve la injusticia y haga limpieza de tanta mediocridad.